miércoles, 10 de diciembre de 2008

La vida está drogada: el perfil de un vendedor de sueños.






Por JuanPablo Cáceres






El Boroko es un universitario más de los tantos que andan dando vuelta por las calles de Santiago. Estudia el tercer año de Química en la UTEM de Macul con Grecia y llega todos los días tempranito en su bicicleta. Tiene 21 años, vive en Peñalolén y ‘le hace’ a las drogas: las consume y comercializa. Él es lo que más comúnmente es llamado un ‘dealer’.

“Ya, pero sin dar el nombre”, es la primera condición que surge al aceptar las preguntas de este estudiante de Periodismo. “Mejor dime Boroko y nos ahorramos problemas”, concluye, al momento que prende su celular y hace sonar la canción Riders on the Storm de los Doors. Tiene que hacerla piola.

No se altera a la hora de hablar de drogas, no hay por qué: “Vendo paraguas acá en la U, con eso pago mi carrera y me hago mis moneas; la gente podrá decirme delincuente, drogadicto o lo que sea, puros estereotipos. Es que la gente no se da cuenta, si están atrapaos con la peor droga de todas: la tele”.

Es común ver al Boroko rondando los pastos de Juan Gómez Millas. A pesar de que estudia en la universidad de al lado, pasa la mayor parte del día en ese campus de la Universidad de Chile: en él están sus amigos, ahí hace deporte y gracias a sus estudiantes logra mantenerse y pagar su carrera.

“Vendo en la Chile pa’ no arriesgarme con mi carrera. Como es algo ilegal, si me cachan, me echan y ahí si que cago. Además que tengo varios amigos acá que me han ayudado a hacer las manos”.

Vender drogas no es un trabajo común. El Boroko lo hace desde el 2007, cuando producto de que echaron a su vieja del trabajo tuvo que conseguir plata de una manera rápida. Luego de más de un año vendiendo en la U, ya conoce a varios de sus “clientes” e incluso se ha amistado con varios de ellos. “Son cabros normales. Si un periodista de los vendios me entrevistara, estoy seguro de que me preguntaría por un “perfil” de los compradores. La gente cree que quienes consumen drogas son bichos raros, angustiados. Pero resulta que la gente más despierta es la que fuma marihuana”.

Con los ojos hinchados y la mirada perdida, el Boroko sigue dando su testimonio. Nació de una cuna humilde en Puente Alto y desde entonces que se ha sentido desilusionado por la ‘configuración’ que le han dado a la vida. En su grande mochila naranja guarda los estimulantes y los reparte a mil pesos. “No es que yo arrastre a la gente a la droga como muchos creen, no es que lleguen hueones a preguntarme como prender un pito o a pedirme consejos sobre como llevar sus vidas; yo trabajo con la realidad, y en la realidad hay gente que, sea por lo que sea, quiere consumir drogas”.

Quiere terminar pronto su carrera para acabar con su negocio temporal y dedicarse de pleno en lo que será su profesión. ¿Hijos, familia, estabilidad? “no preguntís hueás”.

Le carga irse en la profunda. No le encuentra demasiado sentido a las discusiones filosóficas que la droga incita en algunos de sus amigos y que siempre terminan en desencanto. Se ríe del Conace, de los viejos fachos, de los estudiantes que no ven más allá de sus propias rutinas y de quienes lo miran feo cuando se dan cuenta de lo que se dedica; en realidad, a estas alturas, ya se ríe de todo.

Seguimos conversando y lo que suena ahora del celular es “Y si no fuera” de Chico Trujillo. Se han acercado un par de personas que, con mucha simpatía, han intercambiado su dinero por un par de risas indiferentes. “Igual hay que andar con cuidado a la hora de vender. Los guardias andan siempre sapeando y al final hasta a los pacos podrían llamar si me cachan”.

Legal, ilegal: le da lo mismo. No pierde tiempo con la retórica de una sociedad materialista. “Si al final, yo soy como tú. No le pongai que soy un drogo ni na’, que la gente es hueona. Vendo marihuana que es ilegal, ya; los gobiernos venden sueños, las tiendas venden imagen y la universidad conocimiento. Ya da lo mismo”.

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